domingo, 24 de julio de 2011

La niña bonita

Salio ,y en grande

El campeón de los 'tres huevos'

- "¿Cómo explicar que un país con tres millones de habitantes ganó el título? Porque no tenemos dos huevos, tenemos tres", Luis Suárez, el mejor jugador del torneo, explica las claves de Uruguay.
- "Este título significa mucho. Mi abuelo lo ganó, mi padre lo ganó y ahora lo gané yo. Tres generaciones se llevaron este torneo, no se debe dar todos los días. El apellido Forlán quedará en la historia", dijo Diego Forlán.
Lugano levanta la Copa América en el Monumental de Núñez. | Ap

"¡¡¡Uruguay, no más!!!" se cantaba por Buenos Aires y el eco retumbaba en la otra orilla del Río de La Plata, en ese 'paisito' de apenas tres millones de almas aferradas a un balón. Era el grito de euforia en honor del decimoquinto título continental, uno más que el vecino albiceleste, el primero en 16 años, desde los tiempos de Poyet, Fonseca, Francescoli o Bengoechea. Un clamor colectivo en la República Oriental, que ahora idolatra a tipos como Luis Suárez o Diego Forlán, ejecutores de un Paraguay netamente inferior. Con una pareja de delanteros le bastó a la Celeste.
Terminó la Copa América y pasado mañana apenas quedará memoria. Salvo en Uruguay, claro, el mejor equipo del torneo. O al menos, el que tuvo las ideas más claras. Sobre la hierba, mezcló humildad y fiereza, rasgos que tan bien definen a su pueblo. No se creyó mejor que nadie, aunque tampoco inferior. Siempre enterado de sus defectos, jugó con más aplomo que brillantez y trabajó a destajo. Desde Luis Suárez hasta Muslera se comportó como un equipo.
Al minuto 1, el ariete del Liverpool robó a Verón en el área rival y forzó el primer saque de esquina. A poco de volver del descanso, el portero sacó con la yema de los dedos un gran empalme de Valdez, la única ocasión de la albirroja digna de tal nombre. Entre medias, se decantó el éxito uruguayo, con dos zurdazos de su imponente delantera. Lo de después fue un simple ejercicio de ineptitud de Paraguay.
Quizá no merecía mucho más un equipo que había alcanzado el último partido después de empatar los cinco anteriores. Y que compuso una alineación sin Alcaraz, Estigarribia ni Lucas Barrios, un puntal por línea. El 'Tata' Martino, sancionado en la grada, puede excusarse en el cansancio o en los problemas físicos, aunque no hay modo de entender su esquema ultradefensivo o la lentitud en meter los cambios tras el 2-0. Siempre pareció que Paraguay ya quedaba más que conforme con lo logrado. Y así no hay manera de ganar un título.
Sobre todo cuando enfrente te aprietan Arévalo Ríos o Diego Pérez, dos ‘bulldogs’ de mucho cuidado. O cuando Luis Suárez acierta a la primera ocasión, en el minuto 11, con un quiebro y un punterazo a la cepa del poste. Pudo duplicar la ventaja en el minuto 36, aunque ese honor recayó en Forlán, devastador en el remate tras un robo de Arévalo Ríos. Cuando la tarde expiraba, redondeó el 3-0 al coronar un contragolpe de libro. Así igualaba el récord anotador de Scarone (31) en la Celeste. Y de paso emulaba el cetro continental de su padre Pablo (1967) y de Corazo su abuelo materno (1959). Con 32 años, el Chacha forma un gran dúo con Luis Suárez. La pareja de América.

Ficha técnica:

3 - Uruguay: Muslera; Maximiliano Pereira, Lugano, Coates, Martín Cáceres (Godín, m.88); Alvaro González, Diego Pérez (Eguren, m.79), Arévalo Ríos, Álvaro Pereira (Cavani, m.63); Forlán y Luis Suárez.
0 - Paraguay: Justo Villar; Piris, Verón, Da Silva, Marecos; Vera (Estigarribia, m.64), Riveros, Víctor Cáceres (Hernán Pérez, m.64), Ortigoza; Haedo Valdez y Zeballos (Lucas Barrios, m.76).
Goles: 1-0, m.11: Luis Suárez. 2-0, m.42: Forlán. 3-0, m.89. Forlán.
Árbitro: Salvio Fagundes (Brasil). Amarillas a Víctor Cáceres (16') y Vera (m.57), de Paraguay y a Diego Pérez (24'), Cáceres (25'), Maxi Pereira (30') y Coates (m.84), de Uruguay.
Estadio : Monumental de River Plate. 52.000 espectadores.



Por Álvaro Aunchain.
 


Es imposible sustraerse al tema que conmovió este domingo a todo el país. Esta nota no analizará lo deportivo, porque de fútbol sé poco y nada. Sólo quisiera hacer foco en una declaración de Diego Forlán que me conmovió. Apenas terminó el partido, entrevistado por la prensa internacional al costado de la cancha, evocó a su padre y a su abuelo, que habían ganado también la Copa América, y declaró su orgullo por ser la tercera generación que lograba esa hazaña.
Lo que dijo fue hermoso: no botijeó ni baboseó al adversario, como hubieran hecho tantos jugadores de otros países, en un deporte sobrecargado de divismos pueriles y fortunas fáciles. Prefirió en cambio mirar para atrás: enorgullecerse de ser un nuevo mojón en la trayectoria de una familia exitosa.
Sentí con sus palabras que estaba exponiendo mejor que nadie el verdadero sentido de la vida. No luchamos por la gloria personal, porque sabemos que es efímera, como nuestra propia vida. Más bien lo hacemos para honrar la memoria de nuestros antepasados y hacernos merecedores de la gratitud de nuestros descendientes.
Por ese sentido tan hondo y entrañable de su mensaje, hoy quiero corregir la frase que tal vez aparezca esta semana en los títulos de los diarios. Cualquier periodista sensibilizado por la adhesión de los uruguayos a esta querida y querible selección, podrá titular su nota con un "Todos somos Forlán". Yo prefiero "seamos todos Forlán", una apelación a cambiar, a ser mejores.
Una apelación a luchar limpiamente por el éxito, a no avergonzarnos de conseguirlo ni censurar a quien lo alcanza.
A poner nuestros mejores talentos y nuestros mayores esfuerzos en conquistar las "copas" que la vida nos pone por delante.
A honrar la memoria de quienes nos precedieron, mejorando aún más su legado, en lugar de acusarlos de ser los responsables de los problemas actuales.
En esta columna he destacado a muchos uruguayos exitosos: sobre todo a artistas, comunicadores y empresarios, que son los tres tipos de actividades donde me desempeño. Muchas veces, tal vez demasiadas, me he topado con la crítica de lectores que menosprecian la calidad de nuestros artistas o echan mantos de sospecha sobre el éxito de nuestros emprendedores. En algún caso, abrumado por la lluvia de flechas envenenadas recibidas, tuve que aclarar que no valoro el éxito en sí mismo, sino el esfuerzo puesto en lograrlo, aunque esa meta no se alcance. Pero he visto con desaliento que, salvo en el fútbol, para muchos uruguayos, triunfar es un demérito. Si Fulana cosecha aplausos en Argentina, seguro que se habrá acostado con alguno. Si a la empresa de Mengano le va muy bien, seguro que será a costa de que explota a sus trabajadores.
La explicación del éxito es menos retorcida y también la dio Forlán este domingo, apenas aterrizó en Carrasco: "trabajo, trabajo y más trabajo".
Algo nos pasa a los uruguayos, que aún no admiramos la cultura del esfuerzo. Será que nos acostumbramos, desde el primer batllismo hasta el último frenteamplismo, a pedirle al estado que resuelva nuestros problemas. O tal vez viene de antes y somos herederos de aquella honra española de los hidalgos parodiados en el Lazarillo de Tormes y el Quijote. O de los compadritos de los sainetes de Vacarezza, que se quejaban así: "Levantarse con el lucero pa' sacar sesenta pesos, ¡bonita suerte!"
Una de las críticas más recurrentes a mi habitual reclamo de romper nuestro subdesarrollo mental es la que pone al sistema capitalista como origen de todos los problemas. Más allá de que no se aclara si existe un sistema alternativo, el capitalismo aparece siempre como el malo de la película. Las palabrotas que lo acompañan son "competencia", "mercado", "publicidad"... Hace una semana escuché al novel Ministro de Defensa, Eleuterio Fernández Huidobro, decir que los verdaderos culpables de la inseguridad pública somos los que hacemos publicidad, porque según él, convencemos a los pobres de que tienen que comprar ropa de marca, y ellos delinquen para lograrlo.
No estoy exagerando: dijo exactamente eso en el programa de Sonia Breccia, en canal 5. Si un ministro de estado piensa así, es más que difícil que empresarios como Pipe Stein y Álvaro Moré, que hicieron prácticamente de la nada dos agencias de publicidad que hoy son líderes, sean respetados y aplaudidos como lo que son, emprendedores de primera línea. En lugar de exponerlos como ejemplo para los jóvenes, estas declaraciones los satanizan, mostrándolos como más peligrosos que la pasta base.
En paralelo, nadie discute que nuestros héroes de la Copa América ganen enormes sueldos, acordes al beneficio que su talento y su esfuerzo traen al país. Por el contrario: en la adhesión emocional al fútbol hay una saludable valoración de los resultados positivos. Ojalá estos festejos sirvan de ejemplo para no avergonzarnos de enfrentar la vida con afán de progreso. Honrando así a nuestros mayores y abriendo mejores caminos a nuestros hijos.