Si alguien pensaba que la calle estaba peligrosa es porque
no sabía hasta qué punto las casas pueden ser espacios violentos. En muchos
hogares, la violencia forma parte de vida cotidiana y constituye el medio más
común de resolver diferencias. Buena parte de la violencia callejera expresa la
naturalidad con que miles de uruguayos de toda edad justifican la utilización
de la violencia.
Desde la frialdad del homicida a los códigos de los
“barrabravas”, pasando por pequeñas disputas entre vecinos que terminan en
tragedia, la sociedad asiste escandalizada a hechos que creen ajenos a su
estilo de vida. La realidad de los números muestra que la apelación a la ley
del más fuerte cruza todas las fronteras sociales y todas las coartadas. Lo que
denominamos rapiña, arrebato, copamiento, ajuste de cuentas u homicidio, son sólo
las expresiones penales o periodísticas de la manifestación de un universo
violento que se aprende, justifica o tolera en el seno familiar.
Por lo pronto, ahora sabemos que los delitos contra la
persona se desarrollan, principalmente, en un escenario íntimo, reservado, que
le permite al agresor un entorno de doble protección: puede actuar a cubierto
de miradas indiscretas y solapar sus acciones en la intrincada trama de
vínculos y afectos familiares.
Usted puede pensar que la calle está violenta pero si se
trata de mujeres o niños, la casa puede ser un lugar mucho más peligroso, al
menos de acuerdo a lo que revelan los números que manejan las autoridades.
Es probable que muchos agresores aseguren que la calle está
peligrosa y crean que hay una frontera ontológica que separa la violencia que
se ejerce contra su propiedad de la que viven sus familiares y que en el primer
caso reclame un accionar institucional eficiente mientras busque evitar tal
celo cuando se trata de sus víctimas. Es probable incluso que quienes no
delinquimos ni golpeamos, seamos más severos de lo conveniente con nuestros
hijos o utilicemos métodos de presión psicológica o emocional que bien podrían
constituir actos de violencia.
Las cifras muestran que no estamos ante un fenómeno
callejero protagonizado por “delincuentes” y que la línea que separa la
“delincuencia” de la “violencia intrafamiliar” es muy delgada, si es que existe.
En todo caso, y al menos para los varones, resulta
aleccionador saber que se puede ser, como Gandhi, “firme pero acariciador, inexorable pero
flexible, valiente pero manso”.