Por Florencia Rovira Torres
Esa realidad la llevó a recorrer los prostíbulos y whisquerías del Interior promocionando los derechos y la salud de las mujeres que allí trabajan. Fue en la charla profunda que pudo verse definitivamente al espejo y comprender –y denunciar– cuánto de común hay en las historias de todas.
Karina Núñez Rodríguez es una mujer curtida por la vida, fuerte y audaz. Es quien escucha, acompaña y lucha, siempre de frente, en defensa de las suyas.
Los años le permitieron cultivar los saberes y aprendió a usar su inteligencia para defender a sus compañeras; ya no está en edad de “agarrarse a trompadas” con nadie más.
En 2007 Karina fundó junto con otras trabajadoras sexuales la asociación Grupo Visión Nocturna. Lo hicieron para luchar por sus derechos y para trabajar en la prevención de enfermedades de trasmisión sexual. El año pasado dejó el grupo. Visión Nocturna se incorporó a un proyecto de la Red de Mujeres Trabajadoras Sexuales de Latinoamérica y del Caribe, que financió un proyecto a condición de trabajar exclusivamente en prevención del sida. La organización debió dejar de lado la actividad contra la explotación sexual y el trabajo hacia la población trans, y Karina se fue. “No prostituyo mis principios”, dice ahora, para explicar su alejamiento.
Tampoco abandona sus objetivos con facilidad. Las metas fundacionales de la institución las lleva adelante por su cuenta, y con dinero que sale de su bolsillo.
Recorrió todo el país denunciando a proxenetas, redes de trata y la explotación sexual infantil; organizó a mujeres que se prostituyen y dictó talleres sobre salud sexual para trabajadoras del ambiente y también para el público en general.
En 2008, aburrida de que rechazaran sus denuncias por la realidad compleja que se vive en el interior del país, entendió que mientras no existieran datos escritos de lo que narraba no la tomarían en serio. Así emprendió uno de sus proyectos más ambiciosos: un viaje por nueve departamentos del litoral y el norte del país, en donde censó a las mujeres que ejercen el trabajo sexual.
En hojas de cuaderno apuntó datos sobre cada una de las prostitutas que encontraba a su paso: edad, lugar de nacimiento y el de residencia, el sexo, la edad en la que comenzaron a prostituirse, si habían sido abusadas sexualmente durante la infancia. En dos años su encuesta reunió varios datos que luego le sirvieron en su lucha institucional, pero también en la personal. Descubrió que su caso no era único, que compartía muchas vivencias con sus compañeras. Sobre todo, su pesquisa dejaba constancia de lo que Karina no para de repetir: el trabajo sexual es la cara visible de la explotación sexual que las mujeres vivieron en su infancia.
Ahora Karina escribe un libro.
El ser detrás de la vagina productiva, se llamará, y es el fruto de las encuestas que hizo en su recorrida por el país. Allí describe la situación familiar de las mujeres que trabajan en la prostitución: “Trabajo sexual […] etapa en la que los vínculos familiares secundarios se rompen y mayoritariamente de forma definitiva a causa de la estigmatización.
Etapa en la que sus hijos son menos cuidados, puestos a cargo de niñeras o de algún familiar cercano […] llegando así en ocasiones a incumplir varios de los deberes inherentes a los derechos del niño y del adolescente”. La relación con sus hijos se ve ahí reflejada.
Su decisión de no vivir y trabajar en la misma ciudad la alejó de sus hijos. Los dos más pequeños tienen niñeras. “Son madres” –Karina las llama “madres”–. Los hijos más grandes (en total tiene seis) se criaron con su abuela, la madre de Karina. Hoy viaja cada dos semanas a verlos.
Le duele mucho no poder estar con ellos. Sin embargo ese dolor es preferible al que sentiría si sus hijos la vieran trabajar en la calle. “A mí todavía me duele recordar cuando mi mamá salía…”
Hace dos años y medio le detectaron un cáncer en el cuello del útero. En su agenda donde apunta todos los días que trabajó y cuánto ganó, hay un mes que está repleto de anotaciones que dicen “nada”, fue durante los tratamientos que le hicieron. Hace dos meses los controles mostraron que tenía metástasis. Ahora, cuando está muy estresada vuelve a sangrar y eso le impide trabajar. “A los clientes no les podés dar lástima, pagan por complacerse ellos.”
La nota en su totalidad la puedes leer en
http://www.revistaajena.com/abriendo-camino/
